Leo con nostalgia el mensaje de una antigua amiga que hace más o menos un año me escribía, tras ponernos un poco al día después de años de desconexión, sorprendida de que estuviera dedicándome sobre todo al mundo audiovisual, sin haber escrito algo publicable. Yo creía, me decía, que para este año ya estarías publicando un libro. Seguro que tienes algo por ahí, ¿no? Aunque sea una recopilación de relatos. Algo se me clava en el pecho. No tuve nada que decirle, ni lo tengo. Vaguedades. Y guardarme la pena de no haber hecho honor a sus expectativas, ni a las mías.
Hace tiempo tenía un diario. Ahí empecé a escribir mis sueños, entre otras cosas. Llegué a apuntarlos frecuentemente. Con el tiempo, empecé a dejar de escribir lo que me pasaba y mis reflexiones, pero seguí escribiendo los sueños que tenía. Así, pasó a ser, más bien, un diario de sueños . Con el tiempo, también abandoné esa costumbre. Lo he comprobado: el último sueño apuntado en racha se quedó en abril de 2016. Después, unas pocas notas esporádicas, hasta agosto de 2018 (y una más, solo una, en 2019). Muchas veces, desde entonces, he soñado cosas que he contado a alguien, o que me guardaba celosamente, y me solía decir que debería volver a escribirlas en el diario de sueños, pero no lo hacía. Muchas veces recordaba los sueños a primera hora y, por no apuntarlos enseguida, volaban al olvido, horas después. Esta semana, por lo que sea, he podido recordar y recoger, bien y pronto, varios sueños, con lo que he vuelto a guardarlos con cierto orden. Esta vez -de momento y para variar- en ...
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